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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica (2do. Trimestre 2008)"

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Para honra y gloria de Dios 




Mayo 31 Osear Alvarado tiene 17 años y vive en 

Osear es un adolescente todavía, 
pero ya sabe lo que desea para su 
vida. Y lo sabe porque ha descubierto 
que Jesús es un gran Guía. Conoció a 
Jesús a los ocho años, cuando se llevaron 
a su mamá con urgencia al hospital, 
presa de una enfermedad que amenaza- 
ba su vida. Los médicos no dieron espe- 
ranza de que sobreviviera. 

La sanidad milagrosa de mamá 

María, una de las vecinas de la fami- 
lia, es una cristiana adventista del sépti- 
mo día. Ella visitó el hospital y oró por 
la enferma en compañía de Osear y su 
abuelita. Al escuchar su oración, quedó 
impresionado. María le habló a Jesús 
como si hubiera estado sentado con ellos 
en el cuarto. 

— ¿Me puedes enseñar a orar como tú 
lo hiciste? — preguntó el niño. 

María le aseguró que Jesús estaría 
contento de escuchar su oración sincera. 

Osear y la abuelita oraron por su 
mamá. Después de siete días ella pudo 
regresar a casa. Los médicos quedaron 
admirados y sorprendidos por el rápido 
restablecimiento de la enferma. Pero 
Osear sabía que Jesús, su nuevo Amigo, 
había realizado el milagro. 

— Fue una respuesta a mi oración — 
asegura Osear — . Cuando oramos por 
ella, sanó. Mi mamá es un testimonio 
viviente del poder de la oración, para la 
gloria de Dios. 



Cárdenas, Tahasco u i „ 

María siempre había invitado a la 
familia de Osear para que estudiaran la 
Biblia con ella, o que fueran a su iglesia. 
Pero la mamá se limitaba a agradecerle 
dieiéndole que la familia tenía su propia 
religión. Sin embargo, después de la 
sanidad milagrosa que experimentó, 
aceptó gustosa la invitación de María a 
aprender más de Dios. 

A Osear le encantaba estudiar de 
Dios, y hacía muchas preguntas. El solo 
razonó que Jesús no vería ciertos progra- 
mas de televisión que él miraba, así que 
dejó de verlos. «A medida que aprendía 
a amar a Jesús, más deseaba ser como 
él,» explicó. 

Asistir a la iglesia era un placer para 
Osear. Le encantaban las historias bíbli- 
cas, la música y las predicaciones. 

— Especialmente me gustaban los ser- 
mones del pastor, y también los de los 
ancianos — comenta Osear — . Yo quería 
crecer como ellos y ser un predicador 
también. 

Una oportunidad para predicar 

La iglesia en México anima a los niños 
para que sean predicadores. Suelen pro- 
mover certámenes de predicación infan- 
til. Osear se anotó en uno de ellos. Era el 
menor en la lista de los inscritos. 
Cuando le dijo a su madre que había fir- 
mado para participar en el certamen, ella 
se sintió muy preocupada, porque él 
siempre había sido muy tímido. 



I CO 






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El anciano de la iglesia entregó a los 
niños una serie de sermones cortos para 
que los memorizaran, pero por alguna 
razón olvidó de entregarle uno a Osear. 
Cuando éste observó que era el único 
que no había recibido un sermón, le 
rogó al pastor que le prestara el suyo. El 
pastor se sintió malísimo porque él no 
tenía un sermón escrito, y el anciano 
encargado había salido fuera de la ciu- 
dad. Osear también se sintió mal. 
Quizás no podría tomar parte en el cer- 
tamen esta vez. 

Cuando la abuelita de Osear observó 
su carita triste, le sugirió que escribieran 
su propio sermón: 

— Es sencillo — comentó sonrien- 
do — . Sólo tienes que contar lo que 
Jesús ha hecho por ti. — ^Y diciendo esto 
abrió El camino a Cristo y El Deseado de 
todas las gentes, y leyó acerca de la niñez 
de Jesús. 

Osear escuchó la lectura y le dijo a la 
abuelita lo que deseaba que escribiera. 
Ella lo hizo, ¡y en dos horas habían ter- 
minado un sermón! Tres días más tarde 
Osear ya lo había memorizado, ¡y lo 
predicó en presencia de su abuelita, su 
mamá y hasta de su hermanito menor! 

El día del certamen Osear estaba 
radiante de emoción. Fue el último que 
predicó, de un total de catorce. Cuando 
le tocó el turno, predicó de todo cora- 
zón. Luego los jueces se reunieron para 
elegir a los ganadores. La madre de 
Osear quería que estuviera preparado 
para aceptar una posible decepción. 
Pero Osear le susurró: 

— No tiene importancia si gano o no; 
estoy feliz de haber tenido la oportuni- 
dad de predicar del amor de Dios. 



Pero Osear fue el ganador. Su familia 
era la que había entrado a la iglesia más 
recientemente, y Osear era el menor del 
grupo de niños predicadores, pero ganó 
el certamen. 

— Después de esa experiencia — 
comenta Osear — ¡nada me podía dete- 
ner! Quería volver a predicar y seguir 
haciéndolo. 

Un niño evangelista 

Cuando tenía nueve años predicó 
toda una semana de reuniones evangeli- 
zadoras en otra iglesia. Nuevamente la 
abuelita le ayudó a escribir los sermones 
y supervisó sus prácticas de cada uno. 
«Oramos juntos pidiéndole a Dios que 
pusiera sus palabras en mi mente, para 
la gloria de su nombre — nos dice 
Osear — . Y al final de la serie, 50 perso- 
nas recibieron el bautismo. Fue el 
Espíritu de Dios, no mis sermones, lo 
que tocó el corazón de la gente. Le pedí 
a Dios que hablara a través de mis 
labios, y él lo hizo». 

No es ninguna sorpresa saber que 
Osear anhela llegar a ser un pastor. 
«Quiero traer almas a los pies de Jesús — 
nos asegura mientras acompaña a uno de 
los ancianos de la iglesia a dar estudios 
bíblicos a la vez que aprende a hacerlo — . 
Me fascina observar cómo trabaja Dios 
en el corazón de las personas. Y nunca 
olvidaré lo que está realizando en mi pro- 
pia vida. Todo lo que hace valioso al 
obrero es la presencia de Jesús en él». 

Nuestras ofrendas misioneras contri- 
buyen a que alcancemos a la gente con 
el mensaje divino. Gracias por colaborar 
para que el mundo escuche la invitación 
de Dios. 



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